Perejil por culantro

Era octubre de 2018 y recién había regresado a Perú. Caminaba por la avenida Emancipación, en el Cercado de Lima, y llegué al mercado La Aurora; fue intencional, quería verlo después de años por melancolía.

«Páseme su plato, por favor». El «plato» es la bandeja de la balanza y se lo pedía a la «casera» (se les llama casera o casero a los vendedores y/o compradores de costumbre) para pesar dos kilos de papa negra o blanca o rosada o amarilla o yungay o tomasa o… que yo escogía; lo mismo hacía con el tomate, la cebolla… Otro día compraba un kilo de frejol canario o panamito o bayo o caballero o castilla o… Habitábamos en casa de mi abuelita materna, en la que pasé de los doce a los catorce años.

Mi amá me había enseñado a «hacer el mercado». «¡Vamos a la plaza!», decía para que la acompañe; es que las plazas son espacios abiertos en los que se concentraba y concentra aún la población y, muchas décadas atrás, se erigían mercadillos a los que la gente acudía a comprar. Esperaba ansioso a que terminemos para ir a la juguería (en los mercados no falta una, tampoco puestos de desayuno o de comida); siempre me invitaba un jugo surtido como recompensa a la paciencia, el que yo disfrutaba en cada sorbo. Nos daban un vaso grande y otro chico y ella bebía del pequeño.

Interior del mercado La Aurora; octubre 18, 2018

Nosotros vivíamos el día y en las mañanas me mandaba por lo que comeríamos esa tarde. Para que no lo olvide me escribía, en una hoja de papel, cada insumo y me daba el dinero justo. Esa lista era infalible: en el margen izquierdo ponía la cantidad, al costado el producto y al lado derecho el precio; no había forma de equivocarme. Y, como suele pasar, por obra y gracia de (en quien crean) algunos productos costaban menos de lo consignado; así, con sentimiento de culpa usaba parte de lo que me «sobraba» para comprarme un plátano o, si podía más, un Sublime.

Luego de varios años seguía yendo al mercado, aunque no de forma diaria, tenía asumida esa actividad por ella al igual que mis hermanos; hasta que me casé, me mudé y continué haciendo las compras con mi esposa, una vez por semana y al supermercado.

Tras mi divorcio y por casi diez años las enseñanzas hogareñas de mi madre me ayudaron a sobrevivir, en compañía o soledad, incluso cuando viví en Chile. Allá se me hizo fácil por un lado porque, por ejemplo, solo venden un tipo de papa, dos tipos de frejol (poroto) y muchas comidas vienen precocidas o congeladas; entonces, lo que me resultaba difícil era calcular el gasto, ya que Santiago (el país en general) es más caro que Perú, salvo en el copete (el licor, el trago).

Haciendo la plaza con mi amá; marzo 3, 2019

Ahora ella vive conmigo, hemos vuelto a «hacer la plaza» juntos y ya compramos para la quincena; la ayudo a escoger lo que necesitamos, hacemos nuevos caseros buscando el menor precio y, cómo no, «Casero, la yapa» (quien no pide yapa no es peruano). Aunque estas semanas estoy yendo solo, ella me sigue mandando la lista, pero por WhatsApp, «Porque es más fácil», me dice.

Hombres haciendo la plaza el día que les toca salir, debido a la pandemia del coronavirus en Perú, siguiendo su lista por WhatsApp; abril 6, 2020

Hay dos generaciones de hombres que tienen responsabilidades en la casa, ya sea por formación (desde chicos, en el núcleo familiar) o porque tomaron conciencia que limpiar, lavar, cocinar o hacer las compras son parte de sus obligaciones. Y, a pesar de que muchos tomemos el perejil por culantro, puede ser que burlarse de eso aleje más a aquellos que no lo ven como tareas normales del género masculino.

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