Octubre 25: Reevolución

Una país en llamas y no por los incendios provocados. Una nación herida, no solo por balas o perdigones o por la destrucción de propiedades públicas y privadas. Un pueblo que grita dolorido, indignado, desesperado.

«Llamas», «heridas», «gritos», palabras que, en un contexto social convulsionado por la inmensa desigualdad económica y por la ineficiencia e ineficacia de las personas que dirigen las políticas de estado, parecen invitar a la insurrección y hasta a la subversión. Pero no, no hablo de eso.

Nos quema el pecho al no poder alimentar bien a nuestra familia o al ver sufrir a quienes amamos por no ser atendidos en un hospital que no tiene capacidad logística, de infraestructura o de presupuesto. Estamos heridos porque fuimos dañados por las mentiras, el robo, la corrupción que por décadas nos violentaron. Y gritamos porque ya no podemos soportar tanto maltrato, tanta injusticia, tanta humillación.

Es difícil vivir con lo que se gana. No alcanza el dinero para pagar lo mínimo indispensable y los servicios públicos de salud o educación son insuficientes; además, los noticiarios tienen varios segmentos policiales con víctimas de asaltos, robos y «portonazos» (robos de vehículos al salir o llegar a casa) y también se habla de corrupción.

Parece que he descrito lo que padecemos los peruanos por años; sin embargo, lo que la mayoría de nosotros no se imaginaba fue que nuestros hermanos chilenos sufren por lo mismo.

Hace poco más de un año caminaba por las calles, hoy convulsionadas, de Santiago. Francisco, el vendedor de flores de la avenida Providencia, Lucas, el armador de calzado de la calle Victoria, en Santiago Centro, Érica, la tendera que me fotocopió documentos en un negocio de la avenida Mapocho, en Quinta Normal, cerca a Extranjería de Chile de Matucana; a ellos, como a nosotros, les es difícil vivir con lo que ganan. En sus relatos veía angustia, tristeza y desesperanza, pero también sentía su impotencia, su hartazgo y su rabia.

Nos parecemos más de lo que creemos y de lo que ellos pudieran querer.

Yo no compartiré imágenes de incendios, de destrozos ni de represión de lo que ocurrió y ocurre aún en Chile, porque eso sería ensalzar la violencia y no estoy de acuerdo con ella (venga de donde sea). Así no se protesta y no se repele, esa no es la manera de hacerse escuchar, de hacerse sentir y, mucho menos, de mantener el estado de derecho.

Por fortuna, eso lo entendieron nuestros vecinos sureños el 25 de octubre, en Santiago. Aquel día será recordado como una fecha histórica, porque ese mar rojo de entusiasmados manifestantes inundó la Plaza Italia (Plaza Baquedano), recorriendo las avenidas Providencia, Alameda (Libertador Bernardo O´Higgins) y Andrés Bello, representando a millones de chilenos que, como en Coquimbo y Osorno, por ejemplo, gritaron «No + abusos», «No + desigualdad».

Y la más importante y hermosa expresión de aquella acción, de la que nos hizo testigos con sus fotografías Susana Hidalgo (@Su_Hidalgo), actriz ovallina (Ovalle, región de Coquimbo (IV)), fue que, por encima de sus diferencias, los unió el interés común; banderas de Chile flamearon junto a las Mapuche, comunidad indígena de la región de La Araucanía (IX) que resistió la conquista española en el siglo XVI, así como un siglo antes lo habría hecho contra la expansión del imperio Inca, impidiendo que avance hacia el sur en la supuesta «Batalla del Maule»; ese viernes fueron reivindicados, con la bandera nativa ondeando por sobre todas y con los brazos en alto.

«Chile Despertó», fue la frase que marcó ese día. He leído a amigos y no amigos avivándonos también a despertar, pero se equivocan al exacerbarnos desde la violencia, con actos rabiosos, delincuenciales. Además, erran al pedirnos que despertemos, porque lo hicimos hace años y omiten lo importante: que no debemos quedarnos dormidos y que asumamos nuestra responsabilidad como ciudadanos.

Los peruanos sufrimos los mismos problemas que los chilenos, pero estamos dando lucha desde hace décadas, por ejemplo, contra la estatización de la banca de 1987, propuesta por Alan García en su primer gobierno, con la «Marcha de los cuatro Suyos» de 2000, contra la tercera elección del dictador Alberto Fujimori, con la marcha «Ni una menos» de 2016, contra el abuso a la mujer, con las protestas de inicios de 2019, contra el entonces fiscal de la Nación Pedro Chávarry por remover a los fiscales Vela y Pérez del emblemático caso «Lava Jato».

Y si no llegamos al nivel de protestas de Chile es porque nosotros sí tenemos muestras de cambio en nuestras autoridades, como con la renuncia a la presidencia de Perú de Pedro Pablo Kuczynski, tras revelarse negociaciones con el congresista Kenji Fujimori, para que su grupo vote en contra de la moción para vacarlo a cambio del indulto a su padre; o con las investigaciones por corrupción a exgobernantes y excongresistas. Y sentimos como victoria personal y símbolo de cambio la disolución del congreso más vergonzante y sinvergüenza que recordamos.

Que aún falta mucho por hacer, es cierto; y también lo es que no nos atrevemos a quejarnos más porque, para que hayan cambios profundos, cada uno de nosotros debemos evolucionar, empezando por lo más importante: aprender a vivir en sociedad y eso significa el respeto, la consideración y el pensar en el otro. En eso los chilenos nos llevan algo de ventaja.

Y ellos deberían aprender de nuestra, aún incipiente pero importante, identidad nacional; si miraran hacia adentro para rescatar sus orígenes, si dejaran de mirar hacia afuera aceptándose como son, haciendo permanente esa ideográfica unión de banderas, la «reevolución» que iniciaron en octubre se haría realidad.

Fuentes: Meganoticias / T13 / CNN Chile / 24Hora.cl / imaginasantiago.com / turismoregiondecoquimpo.cl / chileestuyo.cl / memoriachilena.gob.cl / peru30.wordpress.com / perusumaq.com / efe.com / elcomercio.pe / rpp.pe

Fotografías: Susana Hidalgo (@Su_Hidalgo) / agenciauno.cl

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