El asesino de García

El suicida no siente, piensa y mucho; pero solo piensa en él, en lo que le pasó y en lo que le pasará, piensa en cómo hacer que el asesinato de sí mismo sea efectivo, sin errores para no quedar vivo. El suicida se olvida de los demás, no analiza ni razona por quienes dejará. Yo estoy vivo porque analicé, razoné, sentí y lo decidí.

Pero Alan García decidió matar a Alan García. El móvil del suicidio, según la carta que dejó, fue evitar que lo veamos siendo llevado a prisión, quiso librarse de tal humillación; su propósito fue pasar a la historia como político, como estadista y no como ladrón. Y, claro, ¿cómo el caudillo histórico del APRA, quien fue presidente de Perú dos veces (1985-1990 y 2006-2011), el que «pudo corregir» su desastroso primer gobierno del siglo XX con el segundo, del siglo XXI, el ídolo idolatrado por los apristas y, sobre todo, por él mismo; cómo él iba a ser visto tal cual era: un expresidente que abdicó la ideología de su partido por el poder, por el dinero y que pronto iba a ser descubierto como un simple ser humano y no podía aceptarse, él, ser un humano más y no un dios!

El miércoles 17 de abril publiqué un tuit expresando dolor porque las redes se llenaron de insensibilidad con la tragedia de las familias de Alan García Pérez. Y lo que escribo ahora no contradice lo que pensé hace dos semanas, porque sus hijos y los dirigentes de su partido expusieron de manera descarada al menor de los hermanos, no solo en acciones políticas, sino también emotivas y simbólicas, durante los actos fúnebres.

Por un lado, al APRA y sus militantes les conviene decir que su «líder» se quitó la vida tras una persecución vil de sus enemigos y exaltar la imagen de Alan García como referencia de lo que significa ser aprista, quien prefirió la muerte a pesar de ser inocente de toda acusación por sus dos gobiernos, cuando, en realidad, ellos saben que regresó de su autoexilio en Francia luego que prescribieron los cargos por los que se le abrió procesos por el primero y, hoy, ya no se le realizará investigación alguna (solamente a él) por los delitos de corrupción por el segundo, porque no se puede procesar a un difunto.

Y por otro lado, la familia ve en el hijo adolescente del padre como aquel que reivindicará su nombre, el heredero de la línea presidencial que trazó con dos gobiernos improbados por, aún, supuesta corruptela.

Ambos bandos, «compañeros» y hermanos, confluyeron en ritos partidarios: el desagravio al «heroico» caudillo que acababa de morir y el lanzamiento de, quien consideran, su futuro caudillo y candidato presidencial tal vez para el 2041, pero que sin duda lo explotarán en cada uno de los procesos electorales que habrán en el ínterin, para beneficio propio.

Los «compañeros» le hicieron firmar la ficha de inscripción al partido sobre el féretro de su padre y la hermana mayor, en pleno proceso de incineración, le entregó la banda presidencial frente a la prensa y algunos seguidores y, además, le dieron la urna con las cenizas para que encabece el cierre de la despedida; todo ello (la firma, la banda y las cenizas) fueron partes simbólicas de una clara ceremonia de sucesión de caudillaje, imponiéndole la responsabilidad de seguir sus pasos con total irresponsabilidad.

Y deben de tener cuidado, porque el adolescente aún no sabe manejar sus emociones. Lo que están haciendo es alimentar el rencor y el odio hacia lo que él llama (repitiendo el discurso de Alan) sus enemigos, sus perseguidores. Y ese odio y rencor los manifestó en cada una de sus intervenciones públicas esos tres días previos a la cremación, siendo el ejemplo claro de ello su intento de impedir el ingreso del expresidente Ollanta Humala al lugar del velatorio, acercándosele para echarlo, gritando, incontrolado, «bufalezco».

Los «compañeros», hermanos y gran sector de la prensa, están creando un monstruo político, exacerbando sus emociones negativas, su intolerancia, el irrespeto y la venganza; están formando un ser que hoy tiene rasgos antidemocráticos para que sea, en poco más de 20 años, candidato a la presidencia de Perú.

Es que el afán de convertir este crimen en un hecho de sacrificio, de heroicidad, dando el mensaje errado que matarse es sinónimo de valentía y de orgullo, solo busca mitificar a un político para usarlo en beneficio partidario y personal.

Y ese es el legado de Alan García, quien se suicidó, eludiendo y elidiendo el trabajo de la justicia y sabiendo que no podrá ser condenado, si quiera, por ser el asesino de García.

Fuentes citadas:

Canal de YouTube Agencia EFE / Página web apra.org.pe / Cuenta de Twitter @esquinabaja / Cuenta de Twitter @CamilOlivera / Canal de YouTube «EnterateTV» (con material de Canal N) / Canal de YouTube «ATV Noticias» / Canal de YouTube «Filmaker José M.» (con reportaje de Punto Final-Latina Televisión) / Canal de YouTube «24 Horas» (Panamericana Televisión) / Fotografía de buffalospot.net

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