Sin cuenta

Miro las caras de la gente caminando por la calle, parada en el bus, recostada en el parque y creo historias o trato de imaginarme su mundo (porque cada persona es un mundo y cada familia un universo).

El 2016 andaba por la Av. Abancay, en el centro de Lima y me crucé con una mamá y su hijo que estaban en un puesto de comida; esa vez solo observé. El niño devoraba un pan con algo (no sé qué), que cuadruplicaba el volumen de sus dos manitas juntas; lo miraba con tal amor porque le saciaba, lo disfrutaba tanto como cuando patea una pelota en la pista para correr tras ella con sus amigos. Yo no creo que, en ese momento, al niño le importara todos los problemas por los que pasaba su familia, solo disfrutaba de su pan con, no sé qué, para él no contaba nada más.

El martes de la semana pasada me vi reflejado en ese niño, pues bebía, con una de mis hermanas, un vaso de leche con maca y devoraba, también, un pan con tortilla y otro con camote frito, en plena esquina. La gente pasaba por nuestro lado sin saber lo que sufríamos; ¿ellos se imaginaban lo que pensábamos?, ¿ustedes lo hubieran hecho?

Si lo hiciesen, no se les habría ocurrido que mi hermana, la tercera, nos dejó hacía unas horas; «la Samba», como la llamaba, nos cuidaba cuando niños, nos gritaba con ajos y cebollas si nos portábamos mal, nos cocinaba, nos servía cocoa o té con pan al anochecer; ella ponía apodos a quien se le ocurría, era la única autorizada a hablar lisuras en casa porque lo hacía con gracia y fue la primera en darle un nieto a mi amá.

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Estaba ahí, sentado con una de mis hermanas que vino de afuera para despedirse de quien recién se había ido, escapándonos por unos minutos del dolor, refugiándonos, como aquel niño, en el disfrute de ese desayuno callejero que llegó pasado el mediodía. Tal vez los que caminaban por ahí no se dieron cuenta de nuestro dolor, porque casi todos vivimos tratando de mostrarnos fuertes, que somos inquebrantables.

Parece un consuelo de tontos cuando decimos que la persona que falleció ahora está mejor, porque ya no sufre, pero esa mañana comprobé que es verdad; las marcas de sufrimiento en el cuerpo de mi hermana desaparecieron cuando su alma ascendió, los hematomas se fueron, recuperó el color y su semblante nos hacía creer que solo estaba durmiendo. Al fin descansa de la vida dura a la que sobrevivió hasta las 08:35 de esa mañana y hoy, al fin también, disfruta de la paz que todos merecemos.

Ese día regresó a Perú una prima porque su papá sufrió un infarto la semana anterior y al día siguiente de aquel martes era su cumpleaños (el de mi prima), el jueves el mío, el viernes el de mi hermana que vino de afuera para despedirse de quien recién se había ido y de mi tía mayor, la que también nos cuidaba y partió hace casi un año; el sábado sería el de mi tío, quien está recuperándose del infarto, el domingo el de su nieto, que lo disfruta aún más a su lado y ayer fue el de mi sobrina, quien ahora recuerda los buenos momentos que le tocó vivir con su mamá, la Samba que se fue hace nueve días para estar al lado de mi apá, de mi hermana menor, de mi tía mayor, de mis otros tíos y de todos los que dejaron el cuerpo en este planeta y hoy son alma.

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Justo en momentos de dolor es cuando necesitamos que nos hagan recordar que la vida es bonita y que contamos con el cariño y el apoyo de quienes están con nosotros, de quienes nos quieren. Este año mi cumple fue sin cuenta y, aunque parezca contradictorio, hace una semana recibí los mejores saludos de cumpleaños que, a pesar de no haberlos respondido, sí los he correspondido disfrutando esos momentos de felicidad; porque aquellas muestras que celebran la vida me convencieron que la pérdida que sufrimos no es tal, que la persona que nos deja trasciende a un nivel puro, de paz y sentimos que está más cerca de nosotros, cuidándonos y amándonos por siempre.

Hasta pronto, Samba; besos a apá, a Claudia y a Dios.

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