El día que «conocí» a los Fujimori

La verdad, no conocí a todos los Fujimori, solo a Keiko y a Kenji; es más, no llegué a conocerlos bien, porque a Kenji lo traté cinco días, entre una y una hora y media diaria y con Keiko solo estuve una vez, media hora y casi ni hablé con ella. Entonces, lo que contaré hoy será algo así como «la primera impresión» de lo que vi, escuché y percibí, de estos hijos de su papá.

Mayo de 2013, Lima, Perú. Yo era jefe de realización y posproducción de El gran show, para América Televisión; la producción eligió al congresista Kenji Fujimori para el primer desafío de la primera temporada de ese año, que no era electoral.

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Marzo de 2016, Lima, Perú. Yo era productor general artístico de la Gerencia de Información de Latina Televisión; debíamos grabar para el Flash electoral a los candidatos presidenciales y Keiko Fujimori iba «arriba» en la primera vuelta, según todas las encuestas.

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Keiko y Kenji son hijos de Alberto Fujimori, quien tuvo el poder, no solo por ser presidente re-reelegido durante poco más de diez años (1990-2000), sino porque controlaba casi todo Perú y esa sensación de todopoderoso influenció mucho en la formación (y deformación) de sus hijos. Es lógico, por ello, que ambos tengan heridas en su personalidad, en sus emociones, en sus sentimientos y que sus traumas afloren en cada acción, en cada reacción, en cada decisión.

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La primera vez que vi a Kenji fue en su oficina parlamentaria; debíamos grabar la promoción para el programa. Nos recibió su jefe de prensa, Rosario Enciso, quien fue en la década del 90 la periodista de Panamericana Televisión destacada a Palacio de gobierno (época en la que yo trabajaba en el canal). A los minutos entró el congresista; nos saludó de forma cortés y nos ofreció algo de beber, mientras terminaba una reunión, tiempo suficiente para observar los lienzos pintados por su padre desde su encierro; en uno de ellos están los dos junto a Keiko y, como verán, la escena fue plasmada recordando los años en los que, se supone, todo era felicidad para la familia Fujimori Higuchi, en Palacio.

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Y feliz estaría Keiko, porque todo indicaba que ganaba en primera vuelta. Sin imaginarme lo que sucedería más tarde, fui al estudio a dar indicaciones para la iluminación de la mal llamada «pantalla verde», porque la candidata llegaría a las 13:00 h y no teníamos mucho tiempo para grabar, por sus compromisos posteriores.

Todo salió según lo planificado. Kenji llegó puntual, todos los días, a la piscina olímpica del Campo de Marte, para los ensayos del reto: lanzarse de 10 metros de altura, de pie. Nosotros haríamos un informe sobre su preparación para la prueba.

Probamos luces y cámara y le pedí al personal técnico que almuerce después de grabar con Keiko. Pero, a las 13:15 h, Christian Peralta, conocido como el Coreano, su jefe de prensa de la campaña presidencial (hoy jefe de la oficina de comunicaciones del Congreso), indica por teléfono que tuvieron un retraso y que llegarían a las 14:00 h. Luego de ofrecer mis disculpas al personal, les pedí que almuercen rápido y que regresen en media hora.

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No pasó ni cinco minutos, desde su llegada los cuatro días de preparación, para estar listo con su traje de neopreno corto. Kenji empezó lanzándose desde el trampolín de un metro de altura, porque en 1993 tuvo un grave accidente que casi lo paraliza al realizar un clavado en Ancón, por lo que estaba preocupado y nervioso.

Y ya estaba al borde de un ataque de nervios cuando me llamaron para informarme que Keiko había llegado, hora y media tarde. Entró al estudio con el Coreano y de inmediato él pidió que los esperemos unos minutos más, porque «no se dieron cuenta» que la blusa blanca de Keiko transparentaba, por lo que su asistente había ido a comprar otra al mercado de Jesús María.

Y la verdad fue que antes habían grabado el Flash en ATV y América y en ambas grabaciones usó la misma ropa, pero con un saco blanco; ese fue el porqué llegaron tarde a nuestra cita: fueron a América Televisión, habiendo comprometido, antes, fecha y hora con nosotros.

Mientras tanto, el Coreano era el que hablaba (dirigiéndose solo a los gerentes) y Keiko permanecía a un costado, de pie, como un ratón acorralado sin saber qué hacer y sin hablar.

Era notorio que tenía muchos nervios, pero Kenji los controlaba observando, tanto desde el trampolín de cinco metros como al ras de la piscina. Se acercaba al filo, mirando hacia abajo; bajaba y en cuclillas analizaba todo: la altura, el ángulo, la velocidad y la fuerza del impacto, mientras nosotros grabábamos y esperábamos.

Hasta que no pudimos esperar más, teníamos que grabar con esa blusa y tuvimos que replantear la iluminación; había que saturar el blanco de la prenda, sin afectar la piel ni el fondo ni el piso verdes. Eso toma tiempo, pero Keiko miraba al Coreano incómoda y era entendible, porque estaba de pie, expuesta frente a varias personas.

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Juntaba los pies, separaba los brazos, tomaba aire y luego retrocedía; no podía, no se atrevía a lanzarse; aun así, Kenji respondía nuestras preguntas, pero éramos cautos para no interrumpirlo. Se lanzó una y otra vez, porque debía hacerlo bien, por él y para cumplir el desafío.

Y eso fue, un desafío lograr que Keiko haga lo que necesitábamos; a cada indicación que le hacía, ella miraba al Coreano, quien nos interrumpía para que no le hablemos. Debíamos mostrarla triunfadora, entonces le pedí gestos de victoria, de celebración, pero no transmitía eso. Y, tras dos miradas de la candidata, él dijo que tenían que irse y se despidieron como llegaron: de mano con los gerentes y conmigo y de lejos con el resto; pero, en realidad, Keiko no da la mano, sino los dedos, generándome la sensación de falta de personalidad, de compromiso, de responsabilidad, de empatía y de seguridad.

En resumen, las horas que «conocí» a Kenji me permitieron ver a alguien metódico, preocupado, paciente, eso en cuanto a su interés por cumplir el desafío; pero, fuera de ello, me pareció también desconfiado (y por eso observador), solitario (y por eso analítico), huraño (y por eso tímido).

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No era un hombre; lo miraba y veía al niño y al adolescente siendo la «mascota» de su padre, el engreído que tenía Perú a su disposición, pero que tal vez había oído sobre las torturas a Susana Higuchi (su madre), de los negociados de sus tíos con la ropa donada, de la incertidumbre sobre lo que pasaba en su casa del SIN y su tío Vladi, de la prensa y los medios cuasi tomados y de lo que algunos periodistas podían decir o denunciar respecto al gobierno Fujimori-Montesinos. «¡Él no nos puede gobernar!», pensaba.

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Por otro lado, los minutos que «conocí» a Keiko, la vi soberbia, astuta, rencorosa, matalascallando; observaba mucho, analizaba (igual que su hermano) pero, a la vez, la sentí insegura, débil.

Vi a una mujer perturbada por su pasado (¡y claro que tendría porqué!). Fue primera dama a los 18 años y tal vez lo hizo sabiendo que era usada por su padre para ocultar lo que le habría hecho a su madre (lo supo en el momento o después, igual fue deplorable su actitud contra ella). Además, Keiko sufrió dos golpes duros de abandono paterno: el primero, cuando la dejó sola, el año 2000, al huir a Japón para renunciar a la presidencia por fax, quizá con las maletas llenas de «Vladivideos» suyos que lo incriminarían y con dinero nuestro; y, el segundo, cuando el 2003 anunció su noviazgo con la empresaria japonesa Satomi Kataoka, con quien se casó en abril de 2006 estando detenido en Santiago, Chile, despojándola así de ser su eterna primera dama. «¿Ella va a ser nuestra presidenta!» me preguntaba, alarmado.

Con todo esto, me atrevo a decir que la rivalidad entre Keiko y Kenji no solo es por el poder, sino por el rencor, desde el lado de Keiko, claro. Todos vimos cómo Kenji era el protegido de papá, lo imaginaba como su sucesor, incluso, por ser hombre; en cambio, Keiko apenas fue la pieza que usó Alberto Fujimori para fingir, hacerlo parecer ante las masas, con la ayuda de la prensa sumisa, como un presidente sensible, paternal y, por tanto, confiable; y cuando ya no la necesitó, la botó.

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Si lo mío no es impresión, es entendible (no justificable) el pleito entre los hermanos Fujimori, que tiene a todo Perú caminando por una cuerda floja de la que, si caemos, sea cual fuere el lado, nos dejaría en coma (si no morimos).

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Fuentes: trome.pe, Latina Televisión, peru21.pe, América Televisión, caretas.pe, peru.com, utero.pe, ATV, exitosaradio.pe, celag.gob, La ventana indiscreta (Latina Televisión), ATV, larepública.pe, historico.pj.gob.pe, documental Poderoso Caballero (Tramas), La noticia rebelde (Latina Televisión), HBO, crónicaviva.com.pe, abc.es, @albertofujimori, @KenjiFujimoriH, enlinea.pe.

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