Winicunca: La montaña decolorada

«La ruta es dura, no respiro bien, camino con aflicción.

Casi lloro como niño, pues pasa el tiempo y ando solitario, con más dificultad; doy diez pasos y debo descansar para recobrar fuerzas y voluntad. Algunos se preocupan por mí, pero les digo que quiero continuar así… tengo que hacerlo.

Siento que estoy pagando casi todos mis malos actos (casi todos, porque algunos son de deuda eterna).

Debía llegar solo, ‹tengo que hacerlo› me repito con el pecho estrujado por el llanto que quiere salir por tanto esfuerzo. Y esos diez pasos fueron los últimos porque al fin la vi, hermosa: el viento la peina con capricho y el frío y el calor fijan su belleza; no importan ni el cansancio ni el dolor, ya que cuanto más la miro, más me deslumbra y más la admiro.

Con extraño miedo, tal vez incertidumbre, decidí conocerla. Y ahora, cuando veo el recuerdo, quiero volver; recorrería mis pasos pese a la distancia y el tiempo con tal de estar de nuevo frente a ella, para disfrutarla, para reconocerla y para seguir admirándola».

YO EN AUSANGATE 04Ese fue el texto que escribí para el concurso de una clínica de Lima, en marzo de 2017, que nunca llegó a su destino. Y habla de mi visita, el 9 de septiembre de 2016, a la aún no famosa montaña Winicunca (o Vinicunca o famosita como la ‹Montaña de colores›).

Y, en realidad, así la describí porque es lo que muchos quieren leer sobre un atractivo turístico de Perú o, lo imagino, esa fue la experiencia que vivieron casi todos los que la visitaron; yo no.

Hoy, a poco más de dos años, contaré mi decepción al conocerla:

Y es que, partir a las 03:30 de la madrugada desde la Plaza de Armas de Cusco y llegar al campamento, muertos de frío, tres horas después para tomar un no tan agradable desayuno y empezar cerca de las 08:00 h la ascensión a la montaña, no es un buen inicio.

La montaña Winicunca pertenece a la comunidad Pampachari, distrito Pitumarca, provincia Canchis, a poco más de tres horas de la ciudad de Cusco en bus, camino a Juliaca, Puno. Habían pasado apenas cinco meses desde el inicio de su «explotación» turística (marzo de 2016), por lo que las condiciones para los visitantes no eran las adecuadas.

La subida estuvo cargada de varios inconvenientes; tuve urgencias digestivas y hube que hacer uso dos veces de los malolientes silos que hay en el camino, cubiertos con paredes hechas de bastidores y cuatro planchas de triplay (láminas delgadas de madera, de 1,20 m por 2,40 m). La ruta, como toda montaña, es irregular y la acompaña un sol que enceguece y un frío que duele, por lo que en el campamento «me obligaron» a comprar con sobreprecio indumentaria adecuada, ya que en ningún momento, antes, se me advirtió de ello.

No hay cifras oficiales, pero se dice que la caminata se inicia a unos 4.300 m.s.n.m. y culmina en casi 5.100 m.s.n.m.; son 8 km de recorrido por tramo y toma un promedio de seis horas, sumados el ascenso y el descenso.

Las tres horas y cuarto que duró mi ascensión fueron insufribles, porque no supe cuánto faltaba por llegar sino hasta cuando estuve casi en las faldas del  mirador de la montaña; pasada la mitad del trayecto, caminaba diez metros y debía descansar dos o tres minutos, casi llorando, porque me faltaba el aire y me sentía morir. A eso debo sumar que aún usaba bastón para andar, porque la pierna izquierda estaba débil debido a una hernia en la zona lumbar que pinzó el nervio hasta atrofiarlo.

Entonces, con dolor de pierna, espalda y cabeza, cansancio, frío, hambre y sin saber cuánto más faltaba por subir, llegué a la zona de descanso para caminar unos metros rumbo al mirador, el cual subí con dificultad, porque cada vez el viento me desequilibraba más; al voltear a ver la montaña la cara se me congeló, no por el frío, sino por la desilusión, porque sus colores no son tan intensos como los vi en videos y fotos por la Internet.

Es un cerro con franjas que van entre los tonos granates, verdes y amarillos, pero todos pálidos, sin brillo; «Será porque justo las nubes taparon el sol», pensé, pero cuando lo descubrieron no fue mucho el cambio.

Entonces me pregunté: «¿Valió la pena tanto esfuerzo!», la verdad no. Sufrí mucho para llegar a verla y sentí que ella no se había puesto bella para mí; tal vez fue porque aún la pierna no me respondía o no estaba en condiciones físicas adecuadas o que no tengo ese espíritu aventurero o porque estaba molesto porque mi mochila había subido antes en un caballo, cargada con el agua y las frutas que me iban a servir para el ascenso; pero me decepcioné al estar ahí, arriba, frente a ella.

Y lo peor de todo es que debía descender; alquilé un caballo y tras solo diez metros de recorrido sentía que mi espalda se hacía añicos y tuve que bajar como subí: caminando.

Por fortuna, la vista de regreso es mucho mejor, porque la montaña Winicunca está rodeada de otras que, para mí, tienen más atractivo: parecen pintadas en lienzo con óleos rojizos, mostazas, verdes y azules; fue entonces que, a pesar de lo que cuesta descender, sobre todo para las rodillas, disfruté del paisaje las casi tres horas de trayecto.

«¡Nunca más regresaré!», me prometí, enojado. Pero ahora que pasó el tiempo, que estoy descansado y la pierna me responde mejor, quizá la vuelva a ver porque, seguro, la montaña o yo o yo y aquella, tuvimos un mal día; lo cierto es que todos, hasta la naturaleza, merecemos una segunda oportunidad. Quizá.

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Todas las fotos, retocadas, publicadas en mi cuenta de Facebook:

 

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