Con el aripo por el asa

La noche de ayer subí a un Uber; Miguel Ángel es el nombre del conductor, un fotógrafo venezolano que llegó hace un mes al país con su esposa e hija. Pero este no fue el primero al que huyeron; me contó que antes estuvieron dos meses en otro y se fueron porque no lo trataron bien.

Quien lo maltrató fue el microempresario que lo contrató; le pagaba poco (mucho menos del mínimo), le exigía que trabaje más horas de las que debía y no cumplía con las fechas de pago. Y lo peor fue que, cuando Miguel Ángel le informó que se iba, no le pagó las dos últimas semanas que había trabajado porque, «… eres muy irresponsable y malagradecido… », le dijo.

Y hoy que el tema de la inmigración en Perú es sensible, que muchos están en contra del ingreso, sobre todo, de venezolanos, esta historia es muy relevante.

La mayoría no sabe que yo emigré a Chile hace nueve meses. Entonces, ¿por qué es relevante lo que vivió Miguel Ángel?, porque yo tomé su taxi acá, en Santiago, y el país al que arribaron antes que Chile fue Perú; por lo tanto, quien lo trató mal fue un «emprendedor» peruano, esos que explotan la necesidad y la desesperación alimentada por esta y lo único que quieren es ganar más dinero abusando del que está en desventaja.

Bajo esta perspectiva, ¿quién se aprovecha de quién?, ¿el inmigrante que «le quita el trabajo a un peruano» para poder comer y enviarle algo de dinero a su familia?, ¿o aquellos empresarios sinvergüenzas que, con el aripo por el mango (o el asa), hacen que otros tuesten las arepas para ellos, sin importarles que esos mismos se mueran de hambre?

Lo que hizo el fotógrafo y hoy taxista Miguel Ángel fue retratar una parte de la vergonzosa realidad peruana y, sin saber, restregármela en la cara: aquella de los que aparecen en primer plano y se excusan diciendo que los inmigrantes les dejan sin trabajo, para ocultar su incapacidad o falta de profesionalidad; y la otra, de los que se esconden en el fondo de la foto, los malos empresarios que toman la decisión de contratarlos sin que alguien le ponga la pistola en la sien y lo único que quieren es mano de obra barata, calificada o no, de gente necesitada porque pueden abusar de ella.

Con sangre en la cara ofrecí mis disculpas a Miguel Ángel y sus mujeres (esposa e hija, he dicho), por aquel mal peruano que los maltrató. Pero esa fotografía de una parte fea de Perú que me mostró, nos debe servir (peruanos o no) para darnos cuenta cuán equivocados estamos en no aceptar que todos tenemos derecho de progresar en la vida, sea el país en el que hayamos nacido y en el que, por distintas razones, habitemos.

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